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   sábado, mayo 03, 2003

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Leyendo


Hoy empecé a preparar a dos adultos para su confirmación, en nuestro primer encuentro, dedicado básicamente a conocernos, charlamos paradójicamente de este tema que, después cuando llegué a mi casa encontré en un libro (¿Por qué creemos? - Mons. Carmelo Giaquinta - Ed. Paulinas 1997) que me habían regalado (¿se acuerdan?) y, del que quisiera compartir algunos fragmentos…


El otro día, yendo al centro de la Capital, un taxista me preguntó: "¿católico, apostólico, romano?" Un muchacho sencillo, espontáneo. Al encontrarse conmigo, sacó a relucir el carnet de identidad católica que había aprendido de chico en el catecismo. Cerciorado de que yo era como él, "católico, apostólico, romano", propuso entonces un tema que lo angustiaba: las sectas "que están en todas partes". Procuré llevar mi respuesta hacia la responsabilidad de los católicos. "Si no era que las sectas surgen y se multiplican, en parte, debido a la falta de coherencia de nosotros los católicos, que predicamos el Evangelio pero no siempre lo vivimos". Y, también, "si no se debería que, como nos sentimos mayoría, nos instalamos cómodamente en nuestras lindas iglesias frente a la plaza central del pueblo y olvidamos ir a los barrios lejanos".
Cuanta verdad,¿no? Hablamos con todo el mundo, de todo, menos de Dios...

Después de Constantino (a. 313), la razón del cristianismo de muchos fue, no pocas veces, la conveniencia social. Ser cristiano abría puertas.
"¡Cuántos confesaron la fe por fuera, pero la negaron por dentro! -exclamaba San Agustín. Para poder tomar por mujer a una chica que los padre cristianos le negaban, simularon por un tiempo tener fe… Aquel tal viene a la iglesia afectando reverencia a los emperadores cristianos; con simulada piedad finge orar, se inclina, se postra en tierra. Uno que lo viese así pensaría que es un cristiano, porque lo ve que ora fervorosamente. Pero Dios escucha que está negando." (Expositivo in Psalmos, 118, 20, 48-49)
Me parece recordar a alguien que hizo lo mismo para ser nuestro presidente...


"Los argentinos somos católicos", decimos con demasiada insistencia, sin detenernos casi nunca a reflexionar en los diversos sentidos que puede tener esa frase.
Sentido cierto si se lo entiende en la línea de lo expresado por Puebla; a saber que, a pesar de todas la s imperfecciones, "su evangelización fue suficientemente profunda para que la fe pasara a ser constitutiva de su ser y de su identidad" (P 412). Sentido que Juan Pablo II ha subrayado en varias ocaciones, en particular en Santo Domingo al iniciar la novena de años preparatoria del V centenario de la evangelización de América Latina.
(Discurso al CELAM, 12 de Octubre 1984; ver también discurso al CELAM en Haití 9 de Marzo 1983). Pero sentido falso - no dudemos en admitirlo- si pensásemos que tal condición puede ser objeto de una simple declamación que no entrañe un compromiso renovado de conversión al Evangelio.
Los católicos argentinos nos haríamos entonces merecedores de aquel reproche de Juan Bautista: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: `Tenemos por padre a Abraham ´. Porque les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham" (Mt. 3, 7-9). Sentido falso, también, si no sintiésemos la urgencia de lanzarnos a una renovada evangelización de nuestro pueblo. O si nos ilusionásemos en pensar que nuestra herencia católica puede ser conservada y acrecentada por el recurso a una relación arcaica entre la cruz y la espada (discurso al CELAM, en Santo Domingo, II, 3), y no ya por "la fuerza del Espíritu Santo" (Hech. 1, 8).

¿No sería mejor admitir, lisa y llanamente, que lo que tiene nuestra gente no es fe, y listo y se comienza todo de nuevo con una evangelización en serio?

Hoy la fe católica se da en un contexto de transformación cultural, que es universal, total y vertiginosa, de lo cual no se tuvo idea cabal en la inmediata post guerra, ni la tenemos todavía los católicos argentinos. Lo advirtió, si el Concilio Vaticano II en la constitución pastoral "Sobre la Iglesia en el mundo de nuestro tiempo" (Ver números 4-10). Lo destacó, luego, Medellín y, sobre todo, Puebla (ver introducción al documento final, "La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio"). Y, recientemente, acaba de bosquejarlo el Episcopado nacional en el documento "El Evangelio ante la crisis de la civilización". Se trata de un verdadero huracán cultural, pues viene acompañado del fenómeno del secularismo, que tiende a concebir y a organizar la vida entera, personal, familiar y social, sin ninguna referencia a Dios, principio y fin del hombre (ver documento de Puebla, 408-443 y 15-71). Está haciendo estragos en la conciencia cristiana europea y norteamericana. Sería ingenuidad supina pensar que ahorrará sus golpes brutales a la conciencia latinoamericana y argentina.

El dasafío que desde siempre se le presenta a la Iglesia, auque hoy mucho más apremiante, consiste precisamente en esto: cómo evangelizar al mundo, que aparece tan poderoso, con ese cuerpo débil y pecador de sus fieles. Pues Dios también hoy quiere mostrar al mundo que "la debilidad divina es mucho más fuerte que la fuerza de los hombres". (1 Cor. 1, 25). Ayer lo hizo mediante su Hijo muerto por los hombres pecadores. Hoy quiere hacerlo también mediante los hombres pecadores que han de morir cada día, "despojándose del hombre viejo con sus obras y revistiéndose del hombre nuevo que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto según la imagen de su Creador" (Col. 3, 9-10).
La solución del aparente dilema - "Iglesia débil", "mundo poderoso" - está en que la Iglesia se evangelice a sí misma; es decir, a ese cuerpo débil y pecador de sus miembros. Se vuelva cada día más discípula de Señor. Se haga así más esposa de Jesucristo, y, consecuentemente, más madre de los cristianos y de todos los hombres. Y, de ese modo, acometa mejor la evangelización del mundo moderno con "las armas de Dios" (Ef. 6. 11).


Sería bueno empezar a moverse....

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