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Marana - Thá

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   lunes, abril 28, 2003

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El silencio del encuentro



Llega el momento anhelado. ¡Aquí está el Señor! ¡Qué alegría humilde siente mi alma!
¿Qué tengo que hacer, cómo tengo que recibir a Jesús?...
En los primeros momentos no pronuncio palabra, ni siquiera rezo. Me callo embelezado.
Un silencio mudo envuelve mi alma. Es la primera muestra de gratitud y de alabanza que ofrezco al Señor.
¡Qué vivificador es ese silencio!
Hay muchas clases de silencio. Está el silencio de las altas cumbres, silencio puro en el que el alma se ensancha y se llena de aire limpio. Está el silencio misterioso de lo profundo de los bosques, silencio que habla con tanta elocuencia. Está el silencio melancólico de los cementerios…El silencio agobiador que precede al huracán…El silencio lleno de secretos que a la hora de la puesta del sol reina sobre las aguas…El silencio de vigilia de las noches estrelladas…
Sentimos algo de todos esos silencios y algo que lo supera todavía más, cuando después de la comunión nos envuelve el silencio vivificador.
Somos dos: Jesús y yo. Fíjate, no yo y Jesús. En la comunión todo depende de quién es el primero y quién es el segundo, quién el personaje principal y quién el secundario. Es posible comulgar de manera que yo sea el personaje principal y Cristo el secundario. Así comulgan los tibios…
Estoy arrodillado en silencio, sin proferir palabra; no hago más que abrir mi alma y descubrir todos sus pliegues, como para exponerlos por entero a la irradiación misteriosa de la Eucaristía. ¡Qué benditos momentos de maduración espiritual!


Tihamér Toth, Eucaristía, Madrid, 1994, pp. 199-202. 218

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